¿Por qué un Dios enviaría a las personas a un infierno eterno?



¿Qué es el infierno? No es un lugar de altas temperaturas continuas (aunque algunos eruditos conservadores lo afirmen), sino estar “excluidos de la presencia del Señor” (2 Ts. 1:9), separados de la comunión íntima con Dios (Ap. 21:3, 22:4). La oscuridad y las llamas del infierno son figuradas (si fueran literales, se anularían entre sí) y describen la angustia y la desesperanza por estar alejados de Dios. El infierno fue preparado para el diablo y sus ángeles (Mt. 25:41), seres espirituales que no pueden ser afectados por las llamas físicas.


Consideremos algunos interrogantes sobre el infierno que inquietan tanto a creyentes como a incrédulos.


“¿No es injusto Dios al castigar eternamente a las personas por pecados cometidos durante el tiempo limitado de existencia terrenal?” Los que están en el infierno no cometieron simplemente una secuencia de pecados concretos, sino el pecado infinito y terminante de rechazar la relación con el Dios que se ofreció a sí mismo. Además, el infierno es el resultado lógico de la decisión de vivir separado de Dios, no solamente de cometer pecados específicos. El castigo es proporcional al delito. Si usted no quiere Dios alguno, eso es lo que recibirá. Hay dos clases de personas: las que dicen Dios: “Hágase tu voluntad”, y aquellas a quienes Dios dice: “Tu voluntad sea hecha” (C.S. Lewis).


“Si hubieran sabido cómo es el infierno, las personas que están allí ¿no querrían estar con Dios” No. Quienes se resistieron a Dios en la tierra, mantendrán la dureza de su corazón para siempre (así como aquellos que viven para Dios en la tierra continuarán disfrutando con Él). La santa presencia de Dios será un verdadero “infierno” para aquellos que quieran hacer su propia voluntad. Las Escrituras no dan indicio alguno de que haya arrepentimiento en el infierno. La rebeldía, el odio y el egoísmo continuaran presentes. El hombre rico del relato de Jesús (Lc. 16:19-26) siente remordimiento, pero no está arrepentido. ¡No quiere, sino encontrar alivio!


“¿Cómo puede enviarse al infierno a personas que desconocen todo lo que este implica?” Aunque no tengamos plena conciencia de la angustia del infierno, esto no significa que no seamos capaces de decidir. Dios está dispuesto a otorgar la salvación a todos (Jn. 16:8). Aunque por ahora desconozcamos las plenas consecuencias de aceptar o rechazar a Dios, Él nos otorga la gracia para elegir con responsabilidad. ¿Qué impide que alguien sea salvo? La libre decisión del individuo que rechaza la gracia divina. Tenemos la libertad de resistir al Espíritu Santo (Hch. 7:51). Dios no envía a las personas al infierno; estas eligen rechazarlo y se condenan a sí mismas por no arrepentirse.


“¿Por qué Dios no hizo un mundo en el que todos lo amaran?” Si bien un mundo donde todos amen a Dios es teóricamente posible, dicho mundo no es factible. Cualquier posible lugar con criaturas libres que Dios pudiera crear tendría que incluir a personas que tuvieran la opción de pecar y que no estuvieran obligadas a amar a Dios. El infierno, que es la ausencia de Dios, existe porque, como sucede con el Satanás de Milton, la gente prefiere “reinar en el infierno que servir en el cielo”. Dios no carece de amor; más bien, se ha esforzado por mostrar Su gracia a todos. ¿Debería Él abstenerse de crear y, en consecuencia, privar a otros de disfrutar del mayor bien posible porque, en este mundo que Él creó, muchos lo rechazan libremente?


“¿Por qué Dios creó a personas que sabía que lo rechazarían y estarían separadas de Él para siempre?” A pesar del deseo de Dios de que todos se salven (1 Ti. 2:4; 2 P. 3:9) muchos se resisten. ¿Qué ocurre si algunos se resisten cada vez más, no importan cuán amoroso sea Dios (Is. 5:4; Mt. 23:37) ¿Acaso Dios debía abstenerse de crear a aquellos que sí responderían a su amor simplemente porque otros lo rechazarían? ¿Y si Dios creara un mundo donde se logrará un óptimo equilibrio entre un mínimo de condenados y un máximo de redimidos? Esto no dejaría de ser amor.


“¿Por qué no podía Dios, desde el comienzo, crearnos semejantes a los santos celestiales: dispuestos a amarlo e incapaces de pecar?” Gozar de plena libertad en la tierra (para aceptar la gracia de Dios o para rechazarla) es requisito para definir el destino de cada persona. Nuestro rumbo en la tierra queda “sellado” en el más allá; finalmente se nos concede el deseo de nuestro corazón: estar con Dios o sin Él. Por lo tanto, Dios no podría haber creado una situación cuasi celestial donde los redimidos no pecaran y, en consecuencia, no se lesionará esta libertad tan vital. (O quizás, más que “sellarnos” para impedir el pecado de la vida eterna. Dios simplemente sabe con anticipación que ningún santo elegirá pecar, lo cual garantiza una condición libre de pecado en el estado final).


Por último, como Dios se entregó por completo para que todos tengamos libre acceso a la salvación por medio de Su Hijo, podemos depositar confiadamente en Su carácter admirable cualquier interrogante pendiente sobre el infierno.


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