¿Qué pasa con los “Evangelios” que no aparecen en nuestro Nuevo Testamento?



Los cuatro Evangelios en nuestra Biblia ya se habían escrito hacia fines del primer siglo. Al parecer, hasta ese momento, no se habían escrito otros. En los últimos 20 años del siglo II, época en que escribió Ireneo, obispo de Lyon, los cuatro Evangelios estaban amplia y sólidamente aceptados por la corriente principal del cristianismo desde hacía tiempo. Sin embargo, hacía sectores de la iglesia que no usaban todos.


Ireneo rechazaba la aceptación de otros Evangelios, tal como el Evangelio de la Verdad, que se atribuía al maestro gnóstico Valentino, porque había sido escrito en forma reciente y “no concordaba de ninguna manera con los Evangelios de los apóstoles”. Dicho Evangelio es una homilía o una meditación que difiere del registro de nuestros Evangelios bíblicos sobre las actividades y las enseñanzas de Jesús, y Sus apariciones posteriores a la resurrección. Lo mismo se puede decir del Evangelio del Felipe, que es una antología de aforismos de mediados del siglo IV, y del Evangelio Griego de los Egipcios, del siglo II, del que se sabe poco, excepto que también se trataría de una colección de dichos. Se ha argumentado que el Evangelio de Tomás, que también contiene una colección de expresiones de Jesús (algunas de las cuales podrían ser históricamente auténticas) y un mínimo de material narrativo, es de fecha temprana. Sin embargo, a causa de los paralelos con literatura de esa época, muchos lo ubican a fines del siglo II. Entre los Evangelios más rebuscados, se incluye el Evangelio de la Infancia de Tomás, que narra milagros realizados por el niño Jesús y concluye con el relato que hace Lucas sobre Jesús en el templo a los doce años.


Otros Evangelios se aproximan a los del NT; por ejemplo, el Evangelio de Pedro, perdido desde hace mucho tiempo, de mediados del siglo II. Por las pruebas fragmentarias que tenemos, relataba el juicio de Jesús, Su crucifixión y Su aparición a los discípulos. El Evangelio de los Ebionitas, escrito en Siria en esa misma época, es una armonía de Mateo, Marcos y Lucas. Posteriormente, Taciano produjo el Diatessaron, una armonía de los cuatro Evangelios que se usó de maneta amplia y fue sumamente apreciado, en especial en Siria. De los fragmentos de papiros existentes, hay pruebas de algunos otros Evangelios que datan del siglo II. Una carta de Clemente de Alejandría (aprox. 150-215) descubierta en 1958, y que menciona un “evangelio secreto” de Marcos, podría ser un fraude de tiempo modernos.


El Evangelio de los Hebreos, escrito en Egipto en la primera mitad del siglo II, para cristianos judíos de habla griega, es el único que, además de los cuatro que aparecen en la Biblia, fue considerado alguna vez parte legitima de las Escrituras por sectores del cristianismo ortodoxo. Las pocas citas que se conservan del texto muestran que, probablemente, comenzó con la preexistencia de Jesús e incluía Su descenso del cielo y subsiguiente nacimiento. Jesús se describe a sí mismo como hijo del Espíritu Santo y relata Su tentación. También contiene ejemplos de Sus enseñanzas. Durante la última cena, Jacobo el hermano de Jesús dice que no volverá a comer hasta ver a Jesús resucitado. Probablemente, contenía un relato de la sepultura de Jesús donde se menciona que los custodios de la tumba tal vez presenciaron la resurrección. Como era de esperar, hay un relato de la aparición de Jesús a Jacobo para confirmar su importancia en este Evangelio. Sin embargo, las características gnósticas, la divergencia con los Evangelios bíblicos y la falta del vínculo con un apóstol pueden ser razones de su definitiva exclusión del NT en la corriente principal del cristianismo.


Biblia de Estudio Apologética

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