El Velo Rasgado


Mateo 27: 50, 51.

“Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu. Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron”.

Hace un par de semanas, se celebró la Semana Santa y allí conmemoramos la muerte y resurrección de Cristo, donde ocurrió un evento que cambiaría la historia del hombre para siempre: Su REDENCIÓN, donde fuimos justificados y se hizo remisión de nuestros pecados ante el Padre mediante la gloriosa sangre de nuestro Señor Jesucristo. Pero no solo fue un evento que nos trajo la salvación y vida eterna gracias al perdón inmerecido que recibimos por nuestros pecados, sino que también fue rota esa gran pared que en el mundo espiritual nos separaba de Dios mismo; la muerte de Cristo restauró la comunión entre Dios y el hombre, que durante cientos y miles de años estuvo limitada debido al pecado del hombre.

Cuando la Biblia describe la muerte de Cristo, menciona que en ese mismo momento en que Cristo expiró, el velo del templo fue roto de arriba abajo. El velo era la pared divisoria entre el Lugar Santo y el Lugar Santísimo, construida bajo el diseño que Dios le había dado a Moisés siglos atrás para la construcción del primer Tabernáculo, siendo el Lugar Santísimo el lugar donde descendía la Presencia de Dios (Éxodo 26:31). Este velo evitaba que entrara cualquier persona a este lugar y mucho menos que vieran lo que allí pasaba, sólo el Sumo Sacerdote podía entrar allí una vez al año para el día del Perdón y así expiar los pecados del pueblo, lo cual sólo podía hacer cumpliendo previamente con una gran cantidad de requisitos y preparaciones previas con el fin de que fuera santificado, pues ninguna persona con pecado podía estar frente a Dios, pues eso significaba su muerte inmediata. (Levítico cap. 16, énfasis en versículo 2) (Hebreos 9: 6 – 8)

El pueblo de Israel sabía que Dios estaba en ese lugar y también sabían que ellos no podían estar allí, ni conocerle cara a cara debido al pecado que los separaba. Ellos pudieron experimentar los milagros de Dios, sus obras, su cuidado, también su enojo a raíz del pecado, pero nunca experimentaron una relación con él directamente como un Padre lo hace con su hijo. Ellos experimentaron todo de lejos, es decir, “detrás del velo”, detrás de la puerta, pues sabían que estaba cerrada para ellos. Sólo detrás de la puerta podían recibir lo que Dios les hablaba por medio de los sacerdotes y líderes. (Éxodo 29: 42 – 43)

Aunque Dios quería estar con el hombre, este no podía debido a su pecado y su contaminación. Un encuentro tal podría matar al hombre pues no es compatible la santidad de Dios con el pecado. La Biblia nos muestra cómo Dios tuvo comunión con hombres pero de manera limitada, pues ellos estuvieron siempre detrás del velo y vivieron anhelando lo que había más allá, anhelando conocer a Dios cara a cara.

Fue tan grande el amor de Dios y el deseo de restaurar esa relación con el hombre, que entregó a su único hijo por amor a nosotros, pues cuando Cristo murió, no sólo fueron perdonadas todas nuestras transgresiones y recibimos la vida eterna, sino que también fue rota esa separación que había a causa del pecado y se nos dio un ACCESO TOTAL A LA PRESENCIA DEL PADRE! Un acceso a su presencia no sólo como un pecador que ha sido perdonado, sino que ahora como HIJOS SUYOS (1 Juan 3:1a).

Jesús en la cruz fue el sacrificio ante el Padre por nuestros pecados, de esta forma cumplía con la Ley dada a Moisés y a la vez, entró a Su Presencia como nuestro Sumo Sacerdote, UNA VEZ Y PARA SIEMPRE. Jesús, nuestro Sumo Sacerdote, está todo el tiempo en la presencia del Padre, no solo una vez al año como lo hacían los Sumos Sacerdotes del antiguo pacto, pues Él permanece por siempre allí sentado junto al Padre y nos invita a entrar con Él a este LUGAR SANTISIMO, para tener comunión con Dios, nuestro Padre, de manera ILIMITADA, ¡ALELUYA! (Hebreos 4:16). El velo roto simboliza que a través de Cristo Jesús tenemos comunión con el Padre.

La Escritura dice en Hebreos 10: 19 – 22: “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura”.

La invitación no es a mirar desde afuera, es a ENTRAR libre y confiadamente al Lugar Santísimo; ese lugar que por tanto tiempo fue un espacio restringido, hoy está abierto para todos sus hijos, los que hemos creído en Jesucristo y recibido su perdón y salvación. Hoy podemos entrar a su presencia y estar en ella siempre, día y noche, para conversar con Él y pasar tiempo a sus pies, como Padre e hijos que somos. Hoy podemos conocerle cara a cara y no morir en el intento, pues es gratis para nosotros, pero no lo fue para Dios: Costó la preciosa sangre de su hijo amado. No tener una relación con el Padre, no cruzar esa puerta, es menospreciar el sacrificio de Cristo.

Él anhela nuestro corazón, no solo que aceptemos su regalo, sino que ese regalo lo usemos y sea una prioridad en nuestra vida. Que esta búsqueda sea con “corazón sincero, en plena certidumbre de fe” (Hebreos 10: 22) es decir, con plena confianza!, Cristo es nuestro acceso al Padre. Esta posición que tenemos hoy como hijos es el mayor privilegio que el hombre puede tener, la puerta a la presencia de nuestro Padre celestial está abierta para nosotros.

¿Cuándo fue la última vez que conversamos con Él a sus pies? ¿Cuándo fue la última vez que vinimos a Él para alabarle y deleitarnos en su Presencia a solas en nuestro cuarto secreto? ¿O estamos demasiado ocupados para dedicar parte de nuestro tiempo a nuestro Padre? No nos acerquemos a Él solamente cuando necesitamos su ayuda, aun cuando Él siempre estará allí brindándola. Él nos invita a estar en su presencia para que aprendamos a buscarle de todo corazón y seamos perfeccionados y transformados por su amor. Jesús nos dice hoy: ¡Ven! Entra! He dado mi vida por ti, no me acuerdo ni me acordaré de tus pecados, es más, los he borrado con mi sangre! No importa que tan malo fuiste, has creído en mí, me has aceptado, ahora, ¿quieres tener una relación conmigo y nuestro Padre? ¡Ven, la puerta está abierta!. Dios te ha hecho hijo, ¡eres hijo!, compartimos el mismo derecho en su presencia! Ven, deleitémonos juntos en Él.

Cada vez que oremos a Dios y pasemos tiempo en Su presencia, recordemos que ese privilegio que hoy tenemos no fue gratis: Costó la preciosa sangre de Cristo.

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